María Cortez
La política exterior de Estados Unidos hacia América Latina ha sido, desde sus orígenes, una danza entre el paternalismo, el pragmatismo y la hegemonía. Para entender su lógica, no basta con observar los hechos contemporáneos: es necesario recurrir a los grandes pensadores políticos que, aunque no vivieron la realidad latinoamericana, ofrecieron marcos teóricos que explican con inquietante precisión el comportamiento de las potencias frente a sus zonas de influencia.
El Leviatán de Hobbes y la seguridad hemisférica
Thomas Hobbes sostenía que en ausencia de un poder central fuerte, el estado natural del hombre era la guerra de todos contra todos. Esta visión parece haber sido adoptada por Estados Unidos en su rol de “garante del orden” en el hemisferio. Desde la Doctrina Monroe (1823) hasta la política del Gran Garrote de Roosevelt (1904), Washington ha actuado como Leviatán regional, interviniendo militarmente en países como Haití, Nicaragua y República Dominicana para evitar lo que consideraba el caos político y económico⁽¹⁾.
Maquiavelo y el arte de la intervención
Nicolás Maquiavelo, en El Príncipe, aconsejaba al gobernante mantener el poder por cualquier medio necesario, incluso si ello implicaba manipulación o violencia. La política estadounidense ha seguido esta lógica en América Latina: apoyando golpes de Estado, financiando dictaduras afines y promoviendo cambios de régimen cuando sus intereses estratégicos lo requerían⁽²⁾. El caso de Chile en 1973, con el derrocamiento de Salvador Allende, es un ejemplo paradigmático.
Marx y la diplomacia del dólar
Karl Marx advertía que el poder económico es una forma de dominación política. La “Diplomacia del dólar” de principios del siglo XX lo confirma: empresas estadounidenses como United Fruit Company se convirtieron en actores políticos en Centroamérica, moldeando gobiernos y políticas públicas en función de sus intereses comerciales⁽¹⁾. Hoy, esa lógica persiste en tratados como el T-MEC o en la presión sobre países como Venezuela y Cuba mediante sanciones económicas.
Locke y el doble discurso democrático
John Locke defendía el derecho a la libertad y la propiedad como pilares del contrato social. Sin embargo, Estados Unidos ha mostrado una aplicación selectiva de estos principios en América Latina. Mientras promueve la democracia en algunos países, tolera o incluso apoya regímenes autoritarios si estos garantizan estabilidad o alineación geopolítica. La contradicción entre discurso y práctica ha erosionado su credibilidad como defensor de los derechos humanos.
La política norteamericana hacia América Latina no es un accidente histórico, sino una estrategia sostenida que encuentra respaldo en teorías clásicas del poder. Hobbes, Maquiavelo, Marx y Locke no escribieron sobre el continente, pero sus ideas permiten entender por qué el águila vigila, interviene y condiciona desde el norte.
Si América Latina desea emanciparse de esa lógica, deberá construir un nuevo contrato regional, basado en la cooperación horizontal, la soberanía efectiva y una visión estratégica que no dependa de los caprichos del Leviatán.


