Port : Óscar Reyes Matute
Debemos pensar que el acto de la Creación no sucede por adición, en el que hay un universo o un ser que surge de la nada, como un añadido.
¿Un añadido a qué?
Ese es el modelo que se ha venido enseñando tradicionalmente: seres que van siendo Creados o añadidos al universo a partir de un Dios, de un singularidad, llámese Big-Bang o como quieras.
En Cábala se considera que la Creación se realiza por sustracción. Cada fase es una contracción de la fase anterior. No añade, sino que quita.
Es decir, el En Sof, el Creador, la luz simple, es plena, total, sencilla.
Y justamente a partir del acto de la Creación, esa luz sencilla se va densificando, va perdiendo su unidad, y comenzamos a percibirla como diferenciada, diversa, fragmentada.
Esa luz va bajando desde los mundos superiores, hasta el mundo más denso que conocemos, el mundo nuestro material, llamado Maljut.
Quizás, podría servirnos el modelo de las emanaciones de Plotino, quien seguramente estuvo influenciado por esta sabiduría de la Kabbalah, que ya recorría el desierto en esos tiempos, desde el Néguev hasta Babilonia.
Pero es necesario entender que para cada grado o tipo de luz, tenemos que crear una vasija de recepción específica, acorde con la fuerza o vibración de la luz, porque no todas las luces son iguales, las hay más densas, más ligeras.
El trabajo de un cabalista es ponerse a vibrar en la misma frecuencia que la luz adecuada, en el momento adecuado, porque en la Kabbalá, el equivalente al entrelazamiento cuántico es la equivalencia de forma. Si dos formas espirituales, dos luces, vibran en una misma frecuencia, entonces son iguales.
¿No lo has sentido cuando te enamoras? Es como si vibraras en la misma tonalidad y frecuencia que tu objeto amado. Y aunque uno tenga una frecuencia más baja, digamos de barítono, y tu pareja la tenga de soprano, el resultado será armónico, música de las esferas, como la llamaban en la antigüedad.
Algunos todavía lo llaman amor.
¡Shalom!


