En este convulso 2025, el mundo observa con creciente inquietud la escalada militar de Estados Unidos en el Caribe. El despliegue del portaaviones USS Gerald R. Ford, junto con ejercicios militares de fuego real y operaciones anfibias, ha encendido las alarmas en América Latina⁽¹⁾⁽²⁾. Venezuela, en respuesta, ha movilizado sus fuerzas armadas, denunciando una amenaza directa a su soberanía⁽²⁾. Y no es para menos.
Según informes del Wall Street Journal, el Pentágono ha presentado al presidente Trump una lista de objetivos militares en Venezuela, incluyendo puertos y aeropuertos controlados por el ejército venezolano⁽³⁾. La justificación oficial: combatir el narcotráfico. Pero detrás de esa narrativa se esconde una peligrosa lógica de intervención que recuerda los peores capítulos del siglo XX.
Este editorial se suma a las voces que rechazan categóricamente cualquier intento de agresión militar contra Venezuela. No se trata de defender gobiernos, sino de defender principios. La soberanía nacional no es negociable. El uso de la fuerza como herramienta de presión política es inaceptable. Y la historia nos ha enseñado que las intervenciones extranjeras, lejos de resolver conflictos, los agravan.
Senadores estadounidenses de ambos partidos han cuestionado la legalidad y legitimidad de los ataques en el Caribe, calificándolos como posibles ejecuciones extrajudiciales⁽⁴⁾. Si dentro de Estados Unidos hay voces que claman por prudencia, ¿por qué el resto del mundo debería guardar silencio?
Venezuela, como cualquier nación, merece resolver sus desafíos internos sin la sombra de portaaviones ni la amenaza de bombardeos. La paz no se construye con misiles. Se construye con diálogo, respeto y cooperación internacional.
Hoy más que nunca, América Latina debe alzar la voz. No a la guerra. No a la intervención. Sí a la paz.


